nov 07
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Nuestra realidad
Burbuja de humo
ISAAC ROSA 21/08/2007
El discurso catastrofista suele ser una de las formas más inofensivas de crítica. Pero además, con frecuencia se convierte en una maniobra de distracción, intencionada o no, una cortina de humo que permite disimular daños: a fuerza de invocar lo malísimo, acaba siendo aceptable lo malo a secas. La perspectiva del peor de los escenarios nos consuela, cuando el vaticinio negro se incumple, de que las cosas finalmente no hayan salido tan mal como anunciaban, y nos parece bueno lo que sin esa posibilidad de empeoramiento nos habría parecido negativo.
Desde hace algún tiempo el discurso catastrofista de moda en España es el que avisa del próximo estallido de la llamada burbuja inmobiliaria. Llevamos al menos un par de años escuchando las advertencias catastrofistas de un futuro inmediato en el que los precios de los pisos se desplomarán, y toda nuestra ilusión de prosperidad se vendrá abajo: recesión económica, impagos, embargos, bancos y empresas en quiebra, desempleo masivo y, por qué no añadirlo, suicidios masivos de ciudadanos lanzándose desde sus hipotecados balcones. El tiempo pasa y el salvaje estallido no acaba de producirse, pero no bajamos la guardia, en cualquier momento ocurrirá.
¿Y si finalmente no estalla la burbuja? En tal caso -y parece el más probable-, la cortina de humo catastrofista habrá vuelto a triunfar: respiraremos aliviados y nos contentaremos con habernos quedado como estamos. Y mientras tanto, en todo este tiempo habremos mirado hacia otro lado, hacia la enorme burbuja a punto de reventar en el horizonte, y apenas habremos atendido a las miles de pequeñas burbujas que estallaban por todas partes, en miles de hogares donde se ha producido una catástrofe que nadie vaticinó, que ha sucedido poco a poco, con sigilo, y cuya devastación todavía se oculta bajo el humo de la apocalíptica burbuja.
En realidad, sin estallidos efectistas ni dramatizaciones, hace algún tiempo que esas miles de pequeñas burbujas se pincharon, sin ruido apenas, desinflándose poco a poco. El resultado es un escenario que para algunos tal vez sea ideal -y se beneficiarán del mismo-, pero que para la mayoría es de pesadilla. La combinación, hoy presente en tantos hogares, de precariedad laboral, pérdida de poder adquisitivo y alto endeudamiento nos deja una sociedad donde gran parte de la población vive al límite, inmovilizada sobre un alambre en el que más vale no dar un paso atrás ni arriesgar un movimiento extraño, pues la caída será inmediata.
Por un lado, la precariedad laboral. Resulta curioso que, mientras estadísticamente nos acercamos al pleno empleo, la principal preocupación de los españoles siga siendo en las encuestas el paro. La alta temporalidad, la inestabilidad, el abaratamiento del despido, la subcontratación abusiva, la irregularidad, los falsos autónomos, se convierten en norma en una clase trabajadora sobre la que, al mismo tiempo, opera como amenaza el recuerdo de los años en que el desempleo llegaba al 20% de la población.
Por otro, la pérdida de poder adquisitivo. Las explicaciones macroeconómicas -en la línea del debate sobre salarios desarrollado en las páginas de EL PAÍS- no maquillan una realidad percibida con crudeza por tantas familias: el encarecimiento de la vida no ha ido al mismo ritmo que el aumento de los salarios. Mientras la vivienda -un bien de primera necesidad, por mucho que apenas repercuta en el cálculo del IPC- ha tenido sucesivos aumentos anuales superiores al 10%, los salarios crecían a ritmos muy inferiores, y todo tipo de productos y servicios multiplicaban sus precios, al calor del duradero “efecto euro” y otros factores. El sueldo cada vez nos llega para menos, por mucho que lo disimulemos con una mayor capacidad de consumo que, en buena parte, se apoya en esas formas de “consumo basura”, toda una sociedad del low cost equiparable a la comida basura: como las hamburguesas franquiciadas, también ciertas formas de consumo son baratas, alimentan y provocan sensaciones placenteras. En nuestro caso, el consumismo es un lenitivo infalible, pero adictivo.
Y en tercer lugar, el elevado endeudamiento: cuando parece que ya no podemos endeudarnos más, que hemos alcanzado nuestro techo, que ya estamos bastante estrangulados por hipotecas excesivas que en cada medio punto del Euríbor nos ahogan un poco más, he aquí que llegan esas nuevas formas de usura sofisticada, de rostro amable, publicitadas. Prestamistas de nombre atractivo e imagen desenfadada que prometen dinero en mano con sólo una llamada de teléfono, o empresas que nos ofrecen renegociar todas nuestras deudas para sólo tener un acreedor al que, milagrosamente, pagaremos menos. El resultado es una última vuelta de tuerca, asfixiante, que mediante tipos de interés usureros nos encadena de por vida a un pago mensual que tal vez heredarán nuestros hijos, con lo que cerraremos el círculo generacional y haremos realidad aquel chiste del perezoso que prometía dejar de vivir de sus padres el día que pudiese vivir de sus hijos. En efecto, los jóvenes que hoy se emancipan lo hacen en muchos casos ayudados por sus familias -que actúan como avalistas para sus hipotecas y/o facilitan cantidades de dinero-. Esos mismos jóvenes no sólo no podrán actuar de colchón para sus hijos en el futuro, sino que tal vez coloquen una deuda congénita sobre éstos.
El tridente que forman estos factores, precariedad laboral, pérdida de poder adquisitivo y alto endeudamiento, da forma a esa burbuja doméstica que ya ha estallado en muchas casas. Las consecuencias parecen evidentes, aunque a veces queden oscurecidas por el humo de la catástrofe que nunca llega. Trabajadores atemorizados, para los que cada sueldo es decisivo para no ser embargados o desahuciados, se cuidarán mucho de hacer cualquier cosa que pueda poner en riesgo su puesto de trabajo. No digo ya ejercer su derecho de huelga, sino simplemente cuestionar una orden, dependiendo del nivel de presión y de competencia que haya en cada sector y empresa. A otro nivel, para muchas familias un divorcio se convierte, ésta sí, en una auténtica catástrofe económica, que da lugar a una lucha feroz por quedarse con la preciada vivienda, y que está envenenando muchos procesos de separación con hijos de por medio.
Mientras todo esto ocurre, seguimos temiendo por el desastre futuro que, caso de no llegar, nos aliviará y hará buena nuestra situación actual, tras repetir una y otra vez el viejo mantra de “virgencita, que me quede como estoy”. Siempre podremos estar peor, claro. Y si la burbuja no estalla, y simplemente se desinfla un poquito y de forma progresiva, descansaremos de su amenaza, y haremos evaluación de daños a la sombra del gran daño que nunca llegó, y tal vez ya seducidos por un nuevo discurso catastrofista que sustituya al vencido. De hecho, puede que este artículo no sea más que otro discurso catastrofista, vaya usted a saber.
Isaac Rosa es escritor. Su último libro es ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil! (Seix Barral).
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La vida después del euro
Hace cinco años España y varios países de la Unión Europea dijeron adiós a la que fue moneda oficial del país durante más de 133 años. Filas de espera en bancos y cajas para conseguir las primeras monedas de euro, calculadoras minúsculas para no perder ni un céntimo en las tiendas y establecimientos con dobles precios para orientar a los consumidores fueron durante meses estampa habitual en el comercio y los servicios.
Desde el 2002, las cosas han cambiado. Los niños casi no saben que hubo una moneda anterior que fue la peseta y los que la conocieron ya se manejan en euros sin problemas. Sin embargo, muchos se resisten y siguen haciendo el cambio en cada compra, hablando en duros y echando de menos aquellas monedas de agujerito.
Lo cierto es que con una perspectiva de cinco años el cambio no nos ha salido rentable. Ganar la batalla al dólar habrá sido un objetivo conseguido por Europa pero el bolsillo de los españoles no ha encontrado todavía la rentabilidad a la nueva moneda.
Según un reciente estudio de la Dirección de Asuntos Económicos de la Comisión Europea, España ha sufrido una subida de más del 40% en los precios de restaurantes y cafeterías entre 1998 y 2006. La misma suerte, aunque con valores algo inferiores, corrieron en otros servicios como el ocio (caso del cine), las peluquerías y diferentes servicios de limpieza.
De esta forma, España, Francia, Italia y Bélgica se convierten en los países de la Eurozona que mayor inflación han padecido desde el 2002, año en que empezó la circulación de los billetes y monedas de euro. No sólo eso: además, el citado estudio de la UE consigna que España ha sido el país donde el aumento del coste de algunos precios no cesó con la implantación del euro, sino que ha proseguido desde entonces.
Todo más caro
Comparando el precio de los bienes y servicios cuando se pagaba en francos, pesetas o liras con su valor actual el incremento ha sido evidente; tal vez por eso el 90% de los europeos sigue pensando que el euro ha encarecido sus vidas en los últimos años, según el Eurobarómetro del pasado otoño.
Aunque el estudio refleja sólo el incremento de los precios en el sector hostelero, casi todos los productos han aumentado su valor. El redondeo, un fenómeno en alza, supone que un desembolso que exigía mil pesetas, sea ahora de diez euros (666 pesetas más de diferencia) y lo que valía 2.000 ahora cuesta veinte euros (1.328 pesetas más). Una subida que sufre el consumidor: la transformación de una moneda a otra en nóminas y salarios es la única que se ha hecho a la perfección, de modo que se sigue cobrando lo mismo.
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