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Una de las noticias más curiosas de los últimos meses la firma Ambrose Evans-Pritchard en el Daily Telegraph del pasado 13 de junio que, a su vez, remite al alemán Handelsblatt. Los alemanes quieren únicamente euros impresos en Alemania. No por un falso espíritu patriótico. Prima más, de hecho, el rechazo a los billetes procedentes de las naciones que, despectivamente, el mundo anglosajón ha bautizado como PIGS en contraposición con los BRICs (Brasil, Rusia, India y China). Los teutones no quieren dinero portugués, italiano, griego o español ya que, pese a su equivalencia en valor y solvencia, “ante el riesgo de desequilibrios en la Eurozona, es mejor tener moneda de los países más estables”. No se trata de una mera anécdota. El artículo concluye señalando que, más allá de esas diferencias geográficas, el 59% de los alemanes mantienen serias dudas sobre la idoneidad de la moneda única y sus efectos inflacionarios. El euro, pese al interés político, no ha llegado a cuajar entre la ciudadanía. ¿Perdurará en el tiempo? ¿Qué pasará con España?
Esta cuestión me ha traído a la memoria el clásico publicado por Wolfang Munchau hace más de dos años en Financial Times y que sólo he localizado en los blogs de Expansión, cuyo link les adjunto (tienen que bajar hacia la mitad de la página). Su título: “España tiene más razones para abandonar el euro que Italia”. En él, el siempre polémico Munchau, anticipaba el crash inmobiliario que finalmente se ha producido en nuestro país (consecuencia de la imposibilidad de que los factores que habían propiciado el boom perduraran en el tiempo); denunciaba la paulatina pérdida de competitividad nacional, consecuencia de la rigidez tanto de precios como de salarios (que amenazaba con llevarse por delante nuestras exportaciones en el plazo de siete años); censuraba el elevado endeudamiento patrio, derivado de la existencia de unas tasas desaforadas de consumo; y advertía, cómo única nota positiva, que el bajo nivel de deuda pública sobre el Producto Interior Bruto podía facilitar, al contrario de lo que ocurría en el caso italiano, el pago de los compromisos pendientes si el país decidía, una posibilidad remota en su opinión y en la mía, abandonar un euro del que se había beneficiado en el pasado y que, por el contrario, ahora sólo podía aportar constricciones adicionales. Su conclusión era demoledora: España se encaminaba a todo trapo hacia una recesión económica que sólo se podía corregir a través de un ajuste brutal de la demanda interna. Algo que hemos propugnado, en repetidas ocasiones, desde esta misma columna.
Ayer, un partícipe del foro me advirtió de que Munchau había vuelto a la carga con un interesante análisis, publicado el 20 de julio en ese mismo diario británico bautizado como “La Eurozona tiene que dejar atrás su complacencia”. El titular era y es engañoso ya que el 80% del artículo está dedicado a nuestro país. Y no precisamente para bien. En él, el autor recuerda, no de forma explícita, cierto es, la validez de sus argumentos pasados. El residencial se ha colapsado, como prueba el caso Martinsa-Fadesa, mientras que España ha seguido perdiendo competitividad frente a Alemania (por el vínculo entre salarios e inflación, diferencia entre el sindicalismo reivindicativo y el participativo que está por llegar a nuestro país). De paso, por cierto, una bomba: “no se dejen engañar por el hecho de que los bancos españoles no tengan posiciones del subprime norteamericano. Estar expuesto al hipotecario de aquél país es probablemente peor”. Y como colofón, el reconocimiento al margen de maniobra fiscal que tiene España que no va a impedir que el país entre en “una década de miseria, caracterizada por una caída de los salarios reales”. Mismo diagnóstico, distinto tratamiento, como verán.
En efecto. Más allá del juicio que alguien que ha anticipado con notable acierto el devenir económico español pueda hacer sobre el futuro que nos espera, es importante entrar en la solución que propugna, que parte de una premisa inicial que pone los pelos de punta. Llegados a este punto, “España necesita de una respuesta macroeconómica que no puede desarrollar por sí misma”. Esto es: España no se vale por sí sola. Necesita ayuda exterior. Ups. Además, no puede contar con una Eurozona que no contempla transferencias cíclicas entre sus miembros sino únicamente la provisión de fondos estructurales como “ayudas iniciales al desarrollo”. Una cuestión, recogida por Munchau, surge de modo inmediato: si los socios no me ayudan, ¿qué sentido tiene pertenecer a la Unión Económica y Monetaria? Vuelve otra vez el fantasma del potencial abandono del euro y la quiebra de ese sueño irreal que todavía es la Europa unida. Ante ese peligro, el autor -en lo que supone, en mi opinión, un cambio a peor sobre su criterio de hace dos años, cuando defendía las bondades del ajuste interno- propugna un cambio del modelo de solidaridad interregional a través de establecimiento de mecanismos de financiación a los países más perjudicados por la crisis, al estilo de lo realizado en otras economías por el Fondo Monetario Internacional o FMI, esto es: condicionado a determinadas reformas estructurales de la economía. Una propuesta novedosa pero, a mi juicio, completamente inviable. Y les voy a explicar por qué.
En primer lugar, -y esto es, por supuesto, discutible-, no creo que estemos en una situación similar a aquella que ha conducido, en el pasado, a transferencias del FMI en ayuda de otras naciones. Si nos remitimos al ejemplo argentino, ni el nivel de bancarización (tamaño y supervisión), ni el de desarrollo de los mercados financieros locales, ni la internacionalización de nuestras empresas, ni la flexibilidad actual de las cuentas públicas, ni la estructura monetaria de la deuda, ni siquiera el nivel de corrupción permiten establecer, de inicio, la equivalencia.
En segundo término, pienso que no se puede premiar la incompetencia bajo ninguna circunstancia. Esto puede sonar poco patriota pero no puede ser que se busque arreglar, mediante transferencias corrientes, los desaguisados que, en parte, los fondos estructurales han generado en la economía. Es como apagar un fuego con gasolina. Sería un mal precedente. Tiene mucho más sentido, ahora que Europa se expande hacia el Este, vincular la entrega de esas cantidades destinadas a mejoras a unos estándares de productividad y competencia que, en el pasado, se han pasado por alto. Y aún así se trataría de un juego muy peligroso ya que, en la Eurozona, nos hemos acostumbrado a utilizar las teóricas referencias macro a cumplimentar de modo arbitrario pues el juego político permite obviarlas, a conveniencia de parte, en aras del bien superior que es el sostenimiento de la Unión. Absurdo y mina para la credibilidad del proyecto.
En tercer lugar se encuentra en concepto de asimetría. Pese al rechazo de una parte importante de los ciudadanos de la primigenia zona euro, todavía se podría justificar, al menos formalmente, la entrega a fondo perdido de un dinero comunitario con objeto de desarrollar una serie de proyectos que beneficien al conjunto. Pero premiar a los malos, con la incertidumbre que toda transferencia corriente conlleva, a costa de los buenos es condenar a la extinción al proyecto comunitario que es, precisamente, lo que tales ayudas puntuales querrían salvaguardar. Oiga si usted ha tenido años de bonanza en los que yo me he apretado el cinturón, déjeme disfrutar ahora de mis momentos de gloria y ajústese usted el suyo. Romper ese principio de igualdad de oportunidades alienta el nacionalismo económico y ahonda en el rechazo social.
Cuarto, y último, creo sinceramente que el ajuste severo que se tiene que producir en España es imprescindible y que cualquier intento de ponerle un freno a través de distintas fórmulas, internas o exógenas, de aplicación del riesgo moral es un craso error que no hace más que retrasar en el tiempo la solución de los problemas. La frontera, como siempre, se encuentra en la posibilidad de un riesgo sistémico que ponga en peligro la estabilidad del país. En mi modesta opinión estamos lejos de esa situación. El hambre agudiza el ingenio y, pese a lo que afirman muchos partícipes del foro, servidor ya ha dado sus modestas recetas. Eso sí, el ajuste será largo (Rato habla en la intimidad de ocho años) pero se producirá dentro de la Unión y, salvo cataclismo, sin la ayuda de ésta. Nos toca, qué se le va hacer. Los alemanes pueden seguir acaparando euros locales para su colección. Mañana, ahora sí que de verdad, despedida y cierre con Iberia y British.
Autor: @S. McCoy - 31/07/2008
Cotizalia
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Burbuja de humo
ISAAC ROSA 21/08/2007
El discurso catastrofista suele ser una de las formas más inofensivas de crítica. Pero además, con frecuencia se convierte en una maniobra de distracción, intencionada o no, una cortina de humo que permite disimular daños: a fuerza de invocar lo malísimo, acaba siendo aceptable lo malo a secas. La perspectiva del peor de los escenarios nos consuela, cuando el vaticinio negro se incumple, de que las cosas finalmente no hayan salido tan mal como anunciaban, y nos parece bueno lo que sin esa posibilidad de empeoramiento nos habría parecido negativo.
Desde hace algún tiempo el discurso catastrofista de moda en España es el que avisa del próximo estallido de la llamada burbuja inmobiliaria. Llevamos al menos un par de años escuchando las advertencias catastrofistas de un futuro inmediato en el que los precios de los pisos se desplomarán, y toda nuestra ilusión de prosperidad se vendrá abajo: recesión económica, impagos, embargos, bancos y empresas en quiebra, desempleo masivo y, por qué no añadirlo, suicidios masivos de ciudadanos lanzándose desde sus hipotecados balcones. El tiempo pasa y el salvaje estallido no acaba de producirse, pero no bajamos la guardia, en cualquier momento ocurrirá.
¿Y si finalmente no estalla la burbuja? En tal caso -y parece el más probable-, la cortina de humo catastrofista habrá vuelto a triunfar: respiraremos aliviados y nos contentaremos con habernos quedado como estamos. Y mientras tanto, en todo este tiempo habremos mirado hacia otro lado, hacia la enorme burbuja a punto de reventar en el horizonte, y apenas habremos atendido a las miles de pequeñas burbujas que estallaban por todas partes, en miles de hogares donde se ha producido una catástrofe que nadie vaticinó, que ha sucedido poco a poco, con sigilo, y cuya devastación todavía se oculta bajo el humo de la apocalíptica burbuja.
En realidad, sin estallidos efectistas ni dramatizaciones, hace algún tiempo que esas miles de pequeñas burbujas se pincharon, sin ruido apenas, desinflándose poco a poco. El resultado es un escenario que para algunos tal vez sea ideal -y se beneficiarán del mismo-, pero que para la mayoría es de pesadilla. La combinación, hoy presente en tantos hogares, de precariedad laboral, pérdida de poder adquisitivo y alto endeudamiento nos deja una sociedad donde gran parte de la población vive al límite, inmovilizada sobre un alambre en el que más vale no dar un paso atrás ni arriesgar un movimiento extraño, pues la caída será inmediata.
Por un lado, la precariedad laboral. Resulta curioso que, mientras estadísticamente nos acercamos al pleno empleo, la principal preocupación de los españoles siga siendo en las encuestas el paro. La alta temporalidad, la inestabilidad, el abaratamiento del despido, la subcontratación abusiva, la irregularidad, los falsos autónomos, se convierten en norma en una clase trabajadora sobre la que, al mismo tiempo, opera como amenaza el recuerdo de los años en que el desempleo llegaba al 20% de la población.
Por otro, la pérdida de poder adquisitivo. Las explicaciones macroeconómicas -en la línea del debate sobre salarios desarrollado en las páginas de EL PAÍS- no maquillan una realidad percibida con crudeza por tantas familias: el encarecimiento de la vida no ha ido al mismo ritmo que el aumento de los salarios. Mientras la vivienda -un bien de primera necesidad, por mucho que apenas repercuta en el cálculo del IPC- ha tenido sucesivos aumentos anuales superiores al 10%, los salarios crecían a ritmos muy inferiores, y todo tipo de productos y servicios multiplicaban sus precios, al calor del duradero “efecto euro” y otros factores. El sueldo cada vez nos llega para menos, por mucho que lo disimulemos con una mayor capacidad de consumo que, en buena parte, se apoya en esas formas de “consumo basura”, toda una sociedad del low cost equiparable a la comida basura: como las hamburguesas franquiciadas, también ciertas formas de consumo son baratas, alimentan y provocan sensaciones placenteras. En nuestro caso, el consumismo es un lenitivo infalible, pero adictivo.
Y en tercer lugar, el elevado endeudamiento: cuando parece que ya no podemos endeudarnos más, que hemos alcanzado nuestro techo, que ya estamos bastante estrangulados por hipotecas excesivas que en cada medio punto del Euríbor nos ahogan un poco más, he aquí que llegan esas nuevas formas de usura sofisticada, de rostro amable, publicitadas. Prestamistas de nombre atractivo e imagen desenfadada que prometen dinero en mano con sólo una llamada de teléfono, o empresas que nos ofrecen renegociar todas nuestras deudas para sólo tener un acreedor al que, milagrosamente, pagaremos menos. El resultado es una última vuelta de tuerca, asfixiante, que mediante tipos de interés usureros nos encadena de por vida a un pago mensual que tal vez heredarán nuestros hijos, con lo que cerraremos el círculo generacional y haremos realidad aquel chiste del perezoso que prometía dejar de vivir de sus padres el día que pudiese vivir de sus hijos. En efecto, los jóvenes que hoy se emancipan lo hacen en muchos casos ayudados por sus familias -que actúan como avalistas para sus hipotecas y/o facilitan cantidades de dinero-. Esos mismos jóvenes no sólo no podrán actuar de colchón para sus hijos en el futuro, sino que tal vez coloquen una deuda congénita sobre éstos.
El tridente que forman estos factores, precariedad laboral, pérdida de poder adquisitivo y alto endeudamiento, da forma a esa burbuja doméstica que ya ha estallado en muchas casas. Las consecuencias parecen evidentes, aunque a veces queden oscurecidas por el humo de la catástrofe que nunca llega. Trabajadores atemorizados, para los que cada sueldo es decisivo para no ser embargados o desahuciados, se cuidarán mucho de hacer cualquier cosa que pueda poner en riesgo su puesto de trabajo. No digo ya ejercer su derecho de huelga, sino simplemente cuestionar una orden, dependiendo del nivel de presión y de competencia que haya en cada sector y empresa. A otro nivel, para muchas familias un divorcio se convierte, ésta sí, en una auténtica catástrofe económica, que da lugar a una lucha feroz por quedarse con la preciada vivienda, y que está envenenando muchos procesos de separación con hijos de por medio.
Mientras todo esto ocurre, seguimos temiendo por el desastre futuro que, caso de no llegar, nos aliviará y hará buena nuestra situación actual, tras repetir una y otra vez el viejo mantra de “virgencita, que me quede como estoy”. Siempre podremos estar peor, claro. Y si la burbuja no estalla, y simplemente se desinfla un poquito y de forma progresiva, descansaremos de su amenaza, y haremos evaluación de daños a la sombra del gran daño que nunca llegó, y tal vez ya seducidos por un nuevo discurso catastrofista que sustituya al vencido. De hecho, puede que este artículo no sea más que otro discurso catastrofista, vaya usted a saber.
Isaac Rosa es escritor. Su último libro es ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil! (Seix Barral).
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La vida después del euro
Hace cinco años España y varios países de la Unión Europea dijeron adiós a la que fue moneda oficial del país durante más de 133 años. Filas de espera en bancos y cajas para conseguir las primeras monedas de euro, calculadoras minúsculas para no perder ni un céntimo en las tiendas y establecimientos con dobles precios para orientar a los consumidores fueron durante meses estampa habitual en el comercio y los servicios.
Desde el 2002, las cosas han cambiado. Los niños casi no saben que hubo una moneda anterior que fue la peseta y los que la conocieron ya se manejan en euros sin problemas. Sin embargo, muchos se resisten y siguen haciendo el cambio en cada compra, hablando en duros y echando de menos aquellas monedas de agujerito.
Lo cierto es que con una perspectiva de cinco años el cambio no nos ha salido rentable. Ganar la batalla al dólar habrá sido un objetivo conseguido por Europa pero el bolsillo de los españoles no ha encontrado todavía la rentabilidad a la nueva moneda.
Según un reciente estudio de la Dirección de Asuntos Económicos de la Comisión Europea, España ha sufrido una subida de más del 40% en los precios de restaurantes y cafeterías entre 1998 y 2006. La misma suerte, aunque con valores algo inferiores, corrieron en otros servicios como el ocio (caso del cine), las peluquerías y diferentes servicios de limpieza.
De esta forma, España, Francia, Italia y Bélgica se convierten en los países de la Eurozona que mayor inflación han padecido desde el 2002, año en que empezó la circulación de los billetes y monedas de euro. No sólo eso: además, el citado estudio de la UE consigna que España ha sido el país donde el aumento del coste de algunos precios no cesó con la implantación del euro, sino que ha proseguido desde entonces.
Todo más caro
Comparando el precio de los bienes y servicios cuando se pagaba en francos, pesetas o liras con su valor actual el incremento ha sido evidente; tal vez por eso el 90% de los europeos sigue pensando que el euro ha encarecido sus vidas en los últimos años, según el Eurobarómetro del pasado otoño.
Aunque el estudio refleja sólo el incremento de los precios en el sector hostelero, casi todos los productos han aumentado su valor. El redondeo, un fenómeno en alza, supone que un desembolso que exigía mil pesetas, sea ahora de diez euros (666 pesetas más de diferencia) y lo que valía 2.000 ahora cuesta veinte euros (1.328 pesetas más). Una subida que sufre el consumidor: la transformación de una moneda a otra en nóminas y salarios es la única que se ha hecho a la perfección, de modo que se sigue cobrando lo mismo.
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