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Posts Tagged “Responsabilidad”

En un país asquerosamente normal, con un partido de izquierdas postulando subidas de impuestos, aumento del gasto público social y reducción de gastos militares, un partido de derechas postulando un orden público fuerte y combinaciones de bajadas de impuestos con medidas proteccionistas; un país en el que todo lo demás estuviera claro y fijo –la separación de poderes, la libertad de Prensa, la seguridad jurídica, la libertad individual, la soberanía nacional, la igualdad ante la Ley, la excelencia educativa, el alineamiento occidental, …–, los liberales tendrían claro que en una democracia avanzada no hay espacio para tres partidos y que basta con una sociedad civil fuerte para poner a raya a los políticos e impedirles que invadan más esferas de la autonomía personal de las estrictamente indispensables para garantizar la vida, la seguridad y la hacienda de la gente.

El problema –el drama histórico, más bien– es que España no ha conocido la normalidad desde hace dos siglos. Y cuando creía haberla encontrado, llegó Rodríguez Zapatero.

¿De dónde ha salido toda esta gente que ha arropado con vibraciones de gesta a Rosa, a Savater, a Álvaro, a Mikel y a todos los candidatos de UPyD? Quizá no signifique nada. O quizá sea una rebelión silenciosa y en marcha. Hartos de Zapatero y desencantados con Rajoy. La rebelión de los normales.

Como dice el refrán: “A la vejez …viruelas!, y eso es lo que le ha pasado a este servidor; a la vejez … ¡me ilusiono con un proyecto político!. ¿Me habré vuelto cándido?, … espero que no.

Espero que UPyD no sea en su devenir futuro uno de los partidos a los que he criticado machaconamente en este espacio de opinión y los he acusado de secuestradores de la democracia.

Mayoritariamente he estado en sintonía con el colega académico, Fernando Savater, él filósofo y yo economista (aunque los economistas tenemos mucho de filósofos y por ello nuestros deseos sobrepasan a la realidad en muchas ocasiones; que se lo pregunten, va a ser un poco difícil por estar en otro mundo, a Adam Smith que al hacer públicas sus teorías las sustentó en la creencia de la ética y honestidad de sus congéneres); algo que está muy lejos de suceder en los tiempos actuales.

Es por esa sintonía y con ocasión de la lectura de uno de sus artículos (ver aquí), que me decidí a integrarme en el proyecto que preconizaba.

Del mencionado artículo entresacaré lo fundamental para mí:

A fin de cuentas, lo que importa de la leyenda de las Termópilas es otra lección, que tiene poco que ver con la Esparta histórica y con el Jerjes mejor documentado. Es un ejemplo moral: el de que la libertad de los muchos, perezosos o seducidos por la tiranía, se salva casi siempre por la determinación indomable de unos pocos que pelean contra lo que parece irremediable, contra lo verosímil predicado por los acomodaticios, contra lo que la prudencia sobornada por el dominio aconseja como más recomendable.

Hay muchas Termópilas: tantas como ocasiones en que los derechos de las personas deben ser defendidos contra los pueblos unánimes y las masas aborregadas de los obedientes por naturaleza. Y la nobleza de estas empresas no depende de su éxito final, sino del empeño con que son acometidas.

 

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LD (Víctor Gago) Alguien que sólo conozca una o dos españas, a lo mejor se preguntará: ¿de dónde sale toda esta gente? Un viejo teatro con encanto, lleno hasta los raíles de los focos para escuchar a unos políticos que se proclaman liberales y “españoles sin complejos”, que leen versos de Quevedo, que invocan a Marañón y a Besteiro, que se quieren herederos de la “gente sencilla” que hizo la Guerra de la Independencia y la Constitución de Cádiz y que, por no tener, no tienen ni decorado, no quiere decir nada en sí mismo.

 

No significa necesariamente nada histórico ni nada del otro mundo, ni nada de nada, que una mañana de sábado de luz coralina –esa luz filosa y de menta tan pura, tan madrileña, tan llena de reconciliación– haya un teatro, el Alcázar de la calle Alcalá, en el que la gente tiene que sentarse en el suelo, y los que tuvieron la suerte de conseguir sitio en los palcos y en el gallinero se ponen de pie para no perderse detalle de lo que dicen unos tipos muy raros, la mayoría venidos de provincias, que se sientan en sillas de tijera como las que se ponen al público los domingos en las plazas para escuchar a la banda municipal, que dicen cosas extrañísimas como que “no queremos ser una sociedad normalizada, ni política ni lingüisticamente; queremos ser una sociedad normal”.

(Foto: LD)

No hay por qué echar las campanas al vuelo sólo porque un montón de jóvenes de ojos como platos y orejas abiertas, como no se recuerda desde hace n años en ningún aula de nuestras funestas universidades públicas, haya pasado del botellón un viernes para poder apiñarse frescos para oír a Savater, a Rosa, a ese escritor delicioso que nos deslumbró con El héroe de las mansardas de Mansard, ese senador imprevisible llamado Álvaro Pombo, de cuya candidatura por UPyD informó Libertad Digital el pasado martes antes que nadie.

No saquemos conclusiones precipitadas, sólo porque hubiera ese ambiente eléctrico y promisorio que despiden las fotos en blanco y negro de las multitudinarias asambleas durante la Transición, aunque el tufo a humanidad de aquellas imágenes haya dejado paso al perfume de una España más próspera que se lava y que gasta ropa de marca; los exaltados de entonces, a una mesocracia tranquila que lee, que escucha, que piensa y está de vuelta; y los días laborables en huelga, al terso finde en el que se combinan cine con los críos, sushi, incursiones en la librería de la FNAC, en el rincón del Gourmet, bricolage, sexo seguro y una conciencia política irónica y relajante como los diálogos de una película de Chabrol.

Querer vivir en un país normal y expresarlo se ha convertido en el último acto de ambición histórica. Hay quien quiere vivir en un país donde la gente cumple su palabra y los funcionarios están a su hora en la oficina; un país en el que los profesores exigen lo mejor de los alumnos y los comercios abren sus puertas cada vez que hay quien quiere comprar en ellos; en el que la familia es inviolable, los jueces son independientes, los asesinos se pudren en la cárcel y el pan sabe a pan y no a pollo congelado.

Un lugar con bonitos cementerios como el First Israel de Manhattan, donde se recuerda a los muertos en silencio y entre rascacielos; donde los políticos te dejan en paz y, sobre todas las cosas, tienen el decoro de no tratarte como a un menor repelente.

Hay una España –no la tercera, cuya titularidad ya proclama hasta Jordi Sevilla, señal segura de que hay que salir pitando de ella, sino la cuarta, la quinta o la que se tercie– que quiere ser asquerosamente burguesa, o sea: rica sin fantasmadas, laboriosa sin cuentos ni quejas ni excusas, aburrida pero libre, tradicional sin dejar de ser cosmopolita, previsible a fuer de igual para todos, justa no por inspiración ni melodramas sino por tediosas leyes dadas por todos que se cumplen tediosamente; fiable en el mundo como el catálogo de una zapatería artesana de Baker Street, con los mismos modelos y las hormas para toda la vida.

Tal vez la sensación de estar haciendo historia que ha flotado en el ambiente del teatro Alcázar durante el lanzamiento de UPyD como una posible “tercera vía” de la democracia española, con candidaturas en todas las circunscripciones y las mismas siglas de Tolosa a La Gomera, obedezca a la irrupción de una parte de los españoles que están Hartos de los políticos, como indica el título del nuevo libro de Gabriel Albiac (Temas de Hoy, 2008), indispensable para comprender la que se puede estar armando en el subsuelo de la sociedad. Se ha vuelto revolucionario pedir “un poquito de normalidad”, como en la canción de El Canto del Loco.

(Foto: J.C. Hidalgo / EFE)

En un país normal, probablemente ningún liberal se plantearía votar a un partido como UpyD, cuya candidata pide más Estado y dice cosas tan duras de oír para un liberal como: “Sí, quiero más autonomía para el Gobierno de España”.

En un país asquerosamente normal, con un partido de izquierdas postulando subidas de impuestos, aumento del gasto público social y reducción de gastos militares, un partido de derechas postulando un orden público fuerte y combinaciones de bajadas de impuestos con medidas proteccionistas; un país en el que todo lo demás estuviera claro y fijo –la separación de poderes, la libertad de Prensa, la seguridad jurídica, la libertad individual, la soberanía nacional, la igualdad ante la Ley, la excelencia educativa, el alineamiento occidental, …–, los liberales tendrían claro que en una democracia avanzada no hay espacio para tres partidos y que basta con una sociedad civil fuerte para poner a raya a los políticos e impedirles que invadan más esferas de la autonomía personal de las estrictamente indispensables para garantizar la vida, la seguridad y la hacienda de la gente.

El problema –el drama histórico, más bien– es que España no ha conocido la normalidad desde hace dos siglos. Y cuando creía haberla encontrado, llegó Rodríguez Zapatero.

¿De dónde ha salido toda esta gente que ha arropado con vibraciones de gesta a Rosa, a Savater, a Álvaro, a Mikel y a todos los candidatos de UPyD? Quizá no signifique nada. O quizá sea una rebelión silenciosa y en marcha. Hartos de Zapatero y desencantados con Rajoy. La rebelión de los normales.

 

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Volví a mi hotel de Buenos Aires cansado tras una larga jornada en la Feria del Libro, la más populosa y distinguida del Cono Sur. En el restaurante ya no había casi nadie. Mientras consumía mi tardío sándwich de pastrami, escuché la alegre charla de la única mesa ocupada. Eran cuatro muchachos, de diecisiete o dieciocho años y hablaban de cine. El que viajó a España explicaba a sus amigos lo mucho que se había divertido con “Torrente”, bendita juventud.

Luego risas, un breve silencio y otro comenzó a contar la película que había visto la tarde anterior en un cine de Lavalle: “Tenían que defender un paso estrecho, un desfiladero, y el ejército de los persas venía enorme… Ellos solo eran trescientos”. El narrador no había leído a Herodoto ni sabía nada de la vieja Esparta o del ambicioso Jerjes. Pero a trompicones la leyenda salió de sus labios según sus impresiones cinematográficas y volvió a contar una vez más, al cabo de los siglos, la gesta de los hombres valientes y solos ante el numeroso invasor.

Resultaba aún más emocionante oírla según quien acababa de descubrirla por primera vez, como un argumento más escrito por otro guionista de Hollywood. Yo completaba imaginariamente los nombres que el chico no logró retener: Leónidas, el rey, Efialtes, el traidor… y la concisa respuesta del guerrero cuando el emperador le ordenó con altivez entregar las armas. “Molòn labè! Ven a por ellas”. También el epitafio escrito por el poeta Simonides de Ceos, grabado en el lugar de la batalla, que Marguerite Yourcenar traducía así: “Caminante que vas hacia Esparta, diles que aquí seguimos, como se nos ordenó”.

El estupendo cómic de Frank Miller y luego la película “300”, truculenta y brillante, han vuelto a poner de actualidad la gesta de los espartanos que resistieron en el desfiladero de las Puertas Calientes al ambicioso Jerjes. Ninguna de las dos fuentes es demasiado exacta y el lector que quiera mayor precisión histórica hará bien en acudir a obras como “Termópilas”, de Paul Cartledge (ed. Ariel) y sobre todo al mismísimo Herodoto. Aunque también puede seguir la lección que brinda el maestro John Ford en “El hombre que mató a Liberty Valance”, o sea: entre la historia y la leyenda, optemos por esta última. A lo largo de los siglos, tal ha sido la elección más frecuentada.

Leónidas y sus trescientos han sido recordados como luchadores indomables y traicionados a favor de la causa de la libertad contra los sátrapas absolutistas, caídos heroicamente en defensa de los ciudadanos que no quieren convertirse en vasallos… por muy cómodo que pueda ser su vasallaje. El traidor que causó su derrota es tan aborrecido a lo largo de los siglos como Judas: su nombre, Efialtes, convertido en sustantivo, designó a partir de entonces a la pesadilla entre los griegos…
Esta visión ideal, desde luego, requiere matizaciones para alcanzar la autenticidad histórica. Aunque fuesen mucho más orgullosamente libres que los súbditos del Gran Rey persa, los espartanos esclavizaban a los ilotas y habían construido una sociedad militarizada cuyos rígidos valores despertaban ya en su día poco entusiasmo entre otros griegos, por ejemplo los atenienses, y aún mas difícilmente podrían suscitar simpatía en un demócrata liberal de nuestros días. Sin embargo… Sin embargo, también resulta evidente que en aquel trance de las Termópilas aquellos tercos y feroces soldadotes defendieron -quizá sin saberlo- una causa más grande y más emancipadora que la propia Esparta por la que murieron. Son las contradicciones fecundas de la historia.

Afortunadamente, no creían en ninguna “alianza de civilizaciones” entre quienes padecen a un rey como se sufren los terremotos o las tinieblas de la noche y quienes pueden elegir al suyo, criticarlo o deponerlo. Eran poco dialogantes aquellos espartanos, para que vamos a negarlo: la palabra “lacónico” proviene de su patronímico. Pero no negaban la voz a los hombres libres y defendían ese derecho asambleario. ¡Afortunadamente! Si Leónidas hubiera sido partidario de dialogar con Jerjes en las Termópilas, es muy probable que hoy no tuviésemos parlamentos en Europa en los que dialogar civilizadamente…

A fin de cuentas, lo que importa de la leyenda de las Termópilas es otra lección, que tiene poco que ver con la Esparta histórica y con el Jerjes mejor documentado. Es un ejemplo moral: el de que la libertad de los muchos, perezosos o seducidos por la tiranía, se salva casi siempre por la determinación indomable de unos pocos que pelean contra lo que parece irremediable, contra lo verosímil predicado por los acomodaticios, contra lo que la prudencia sobornada por el dominio aconseja como más recomendable.

Hay muchas Termópilas: tantas como ocasiones en que los derechos de las personas deben ser defendidos contra los pueblos unánimes y las masas aborregadas de los obedientes por naturaleza. Y la nobleza de estas empresas no depende de su éxito final, sino del empeño con que son acometidas. Lo dijo mejor que nadie Kavafis en sus versos conmemorativos:

“Honor a aquellos que en su vida fijaron y defendieron unas Termópilas…Y más honor aún se les debe Cuando prevén (y muchos son los que prevén) Que al fin llegará Efialtes Y los medos por fin pasarán…”

¡Que nos lo digan a quienes en el País Vasco pusimos nuestras Termópilas en la defensa de la legalidad constitucional y de España como estado de derecho de todos y para todos!

Fernando Savater – elcorreodigital

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